HASHTAGS PARA IDIOTAS

Estamos destinados irremediablemente a nadar a favor de la corriente. Somos gregarios y nos gusta que se nos reconozca como tales. Tenemos una facilidad enorme para señalar al diferente y acusarle a las bravas de que no está con el grupo. Lo marcamos, lo criticamos y lo sentenciamos como antisocial. Usual, pero mal.

Si algo ha demostrado la historia, es la dificultad para avanzar intelectualmente. Los grandes avances siempre se han dado de frente contra una resistencia beligerante por parte de la ortodoxia del momento. Los que declararon que la Tierra daba vueltas alrededor del sol, los que afirmaban que la tierra era redonda, los que aseguraban que la física Newtoniana no podía explicarlo todo… Todos, absolutamente todos, sin excepción, se encontraron de frente contra un muro inexpugnable de ortodoxia. Una sociedad cohesionada por argumentos equivocados que se resistían a ceder un solo milímetro en su soberbia autocomplaciente.

Y en el mismo número de ocasiones, es decir, siempre, el tiempo ha acabado demostrando que la homogeneidad del grupo y sus férreos argumentos, estaban equivocados. Es la distancia la que nos proporciona una visión objetiva de lo ocurrido. De cómo transitó el nuevo pensamiento desde el herejismo hasta la obviedad y de cómo la humanidad descartó su recelo inicial para acabar definiendo la idea como lógica.

Y seguimos igual.

Pero, ¿ha cambiado algo con la era que vivimos basada en la tecnología? Mucho me temo que sí, pero a peor.

La modernidad nos ha traído una cantidad ingente de formas de comunicarnos. Una diversidad que, pareciendo una idea, de entrada, excelente, ha acabado siendo una red maléfica en la que hemos caído de bruces.

WhatsApp, Twitter, Facebook, SMS, Telegram, Instagram, Blogs, Podcats, webs, Youtube…. Cada una de ellas una ventana/altavoz para que cualquiera de nosotros se exprese con absoluta libertad y vomite todas sus ideas sin necesidad de pasar un filtro. Y todo, en tiempo real. Todo inmediato. Sin tiempo para el análisis. Dispara!

Antes, la información se propagaba más lenta. Había una revisión de contenidos, un cierto criterio (equivocado o no, pero lo había), una linea editorial. Libros, periódicos, revistas, radio o televisión (llamados off-line debido a que la comunicación no era bidireccional) emitían información y/o opiniones y éstas eran recibidas por los usuarios. Pero claro, eran grupos reducidos. Grupos de poder que lo ejercían a conciencia para intentar promover ideas, sus ideas e intentar que tuvieran el mayor calado posible en la sociedad. La tecnología ha permitido democratizar la emisión de las opiniones y ha dado la posibilidad de que cualquiera de nosotros emita un juicio o una opinión sobre cualquier tema en el mismo momento que creemos conveniente.

Esto, que a priori es una ventaja, se ha convertido en un inconveniente. No hay filtros. El mundo dispara a discreción. Sin objetivo alguno. Vomitar por vomitar. Sin tiempo para el análisis. Fácil. Inmediato. La cantidad de opiniones vertidas en la Red es inconmensurable. De todos los colores, desde cualquier orígen, para cualquier destinatario, sin límites en el vocabulario ni en la vehemencia. Todo vale. Todos lo valen.

El origen de nuestra información, por relación, ha cambiado. Ahora somos susceptibles de recibir inputs de un numero elevado de fuentes y, de forma inconsciente, dar validez a fuentes no contrastadas y comenzar a crearnos un criterio ya no por la fidelidad de la fuente, sino por el números de fuentes que repiten la misma información. Hemos pasado a ponderar la cantidad de orígenes que informan de un mismo tema, más que la fiabilidad de todas ellas. En resumen, si me cuentan que algo ocurre desde 17 orígenes de información diferentes, le doy más validez que si me llega la información contraria de un medio fiable. Podríamos llamarlo como información por inundación (Flood Information).

Ahora viene mi parte paranoica. Os quito el gusto de insultarme 😉

Los Gobiernos y los «poderes fácticos» de este planeta conocen esta situación. En cierto modo, ellos han alentado esta explosión de nuevas herramientas de comunicación disfrazándola de democratizadora. Pero claro, si decirnos que estaban aplicando una de las estrategias más antiguas en el arte de la guerra: «divide y vencerás». Nos han dado herramienta que supuestamente facilitan nuestras comunicaciones, pero realmente nos incomunican. Nos distancian de forma silenciosa, incluso, haciéndonos creer que tenemos un poder del que carecemos.

¿Y para qué puede servir esto?

Para manejar a la población y a su opinión.

Primero, entre todos, hemos generados «bandos» en los que hemos incluido a medios de comunicación de forma partidista: Aquel periódico es de derechas, aquella emisora de radio de izquierdas, aquel canal de televisión conservador… Una vez clasificado, nos hacemos cargo que leemos, vemos y escuchamos aquello que nos gusta. Aquello que reafirma lo que ya pensamos. Por aquello de sentirnos gregarios que decía al principio. De esta forma, conseguimos en cierto modo, desprestigiar la fiabilidad de los medios tradicionales. Pocos se escapan de ser criticados duramente por el/los «bando/s» contrario/s. Esto genera un escenario de que no basta con los medios tradicionales para estar informado, y que debemos buscar en la diversidad de las nuevas formas de comunicación para encontrar mayor veracidad de la información que recibimos.

Una vez conseguido este primer objetivo, el de generar la necesidad de buscar nuevas y más diversas fuentes de información, el segundo paso sería comenzar a generar noticias conducidas, es decir, comenzar a crear perfiles multi-redes que se encarguen de generar, desde orígenes supuestamente muy diversos e inconexos, noticias, datos o informaciones con textos sencillos, con ejemplos muy concretos y cotidianos, que sean capaces de calar fácilmente en la población. Una población que, dada la inmediatez y la alta densidad de información, requiere de información sencilla, precisa, fácil de asimilar y, lo más importante, fácil de compartir. Una vez conseguido este diseño de expansión de cierta información, el anzuelo se lanza y la población lo recoge y lo difunde de forma exponencial. Ya es imparable. Es una bomba de racimo de información con una capacidad de expansión hasta ahora imposible de conseguir.

«Cría fama y échate a dormir», «critica que algo queda», «cuando el río suena, agua lleva»….

Ya ha calado. Objetivo conseguido.

El problema que tenemos en la actualidad conocido como «Crisis sanitaria del Coronavirus» es un ejemplo de lo destructivo que es este nuevo sistema de controlar la información y, por tanto, a la población. Es un ejemplo sencillo y claro de cómo, sin contrastar ninguna de las noticias o informaciones, la población actúa como se esperaba.

Creo firmemente que no existe una crisis sanitaria. Creo que existe una Crisis (sí, con mayúscula) que es una continuación de la Crisis económica mundial del 2008 y que, como no se solucionó o no se tomaron las medidas equivocadas, ahora tenemos unas consecuencias que no se pueden explicar a la población sin que ésta se indigne. ¿Cómo hacer que la culpa del siguiente paso lógico de una Crisis mal curada, no se la lleven nuestros dirigentes? Encontrar un enemigo común. Otra de las estrategias más antiguas en el «arte» de la guerra: «Nada une más que un enemigo común».

Este nuevo enemigo, no es una país, ni una bandera, ni un territorio, ni una clase política, ni un lobby de poder, es la Naturaleza. ¿Qué podemos hacer contra eso? Ha sido arbitrario, inesperado, imprevisible.

Creo en la existencia de un virus. No solo de uno, sino de muchos. Creo en que alguno de ellos pueda generar una pandemia (no es la primera vez en los últimos 20 años que hemos tenido alguna pandemia que se ha quedado en un bluf) y creo que este Coronavirus puede ser algo diferente, pero la reacción de la gente y de los Estados está siendo exageradamente desproporcionada. Es tan exagerado que me pone en alerta hasta qué punto no está todo orquestado para llegar a un objetivo claro: despistar de las consecuencias que nos van a llegar por una mala gestión de la Crisis económica anterior.

Desconfío de la información que nos llega. Desconfío de las restricciones que nos han puesto. Desconfío del orígen del virus. Desconfío de las verdades que nos explican y, lo peor, desconfío de que nos hayan contado toda la verdad.

Mi justicia personal, mi conciencia me dicta que no haga caso a la masa social y a sus histerias colectivas. No quiero participar de sus redifusiones de noticias no contrastadas ni de sus hashtags sentimentalistas. No quiero someterme a una mentira (o a una media verdad).

Que un hashtag sea trending topic no lo transforma en noticia veraz por muchos orígenes que tenga y por muy solvente que sea la fuente. Entiendo que la prevención es una cosa positiva, pero no a cualquier precio.

#hashtagsparaidiotas

CUESTIÓN DE CORTIJOS

Ya hace mucho tiempo que vivimos el problema territorial en Catalunya. Hace mucho tiempo que todos y cada uno de nosotros tenemos sensaciones y sentimientos que influyen en la forma de relacionarnos entre amigos, familiares y compañeros de trabajo. Incluso hace mucho tiempo ya que ni siquiera lo podemos tocar como tema de conversación. La típica polarización. Cuanto más tiempo pasa, más polarizadas (y enquistadas) las posiciones.

Para entender lo que pretendo explicar, quizás sería conveniente primero definirme.

Soy un chico de 46 años, padre de familia, nacido en L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona), que vive en Bellvitge (barrio muy humilde y creado por inmigrantes en los años 60) y que comparte barrio con un sinfín de culturas, religiones y nacionalidades. Hago servir los servicios públicos (educación y sanidad mayoritariamente) y me gusta pensar que tengo un pensamiento basados en las libertades personales y en el respeto al diferente (en cualquiera de los sentidos que, para ti, pueda tener diferente). Soy castellanoparlante desde que nací y me relaciono en castellano el 90% de mi tiempo. Aprendí catalán en la escuela pública (más mal que bien) y he conseguido parecer que lo hablo bien después de ponerlo, por fin, en prácticas cuando he salido de mi hábitat castellanoparlante. Soy hijo de inmigrantes (sangre de Badajoz y de Palencia) y por mis venas hay un largo repertorio de territorios «around the world». En mi barrio lo calificábamos como «mil leches». Cuando era pequeño, me llamaban «charnego». No em mi barrio, evidentemente, pero sí en aquellas excursiones o pequeños viajes que hacía por Catalunya. Cuando salía de Catalunya, me llamaban «polaco». Nunca lo entendí, pero me generaba una cierta gracia. Siempre pensé que estaba en un terreno de nadie. Por este motivo decidí defender a Catalunya fuera de ella y defender España cuando estaba en Catalunya. No sé si era una posición poco coherente, pero sí que me permitió escuchar y aprender argumentos de todas las partes. Ninguno me convencía, pero me los hacía míos para cuando saltaba al «otro» territorio. Al final, en mi cabeza fui recogiendo argumentos para todos los gustos. Eso, que en su momento era una cuasi doble personalidad, creo que hoy me ha da una visión muy amplia para construirme un argumento propio, personal y que permite pocas injerencias del Gran Poder que son los Medios de Comunicación. Y, por último, he de decir que no existe NINGÚN partido político que me represente. Todos los que he conocido, sin excepción, han llegado a decepcionarme en algún momento. Es normal, no redacté yo sus Estatutos, era cuestión de tiempo que nos encontráramos en algún punto divergente. Pero si tuviera que definirme políticamente sería, a muy grandes rasgos, como progresista, republicano, agnóstico (o ateo, que uno no sabe ya ni cómo autodefinirse) y anti-«antis» (en contra de cualquier grupo u organización que sea anti-«algo»). En resumen, clase media-baja, obrera y no religiosa.

¡Ojo al auto-análisis! Creo que hacía falta.

Nunca me han gustado los enfrentamientos. Puedo decir orgulloso que jamás me he visto involucrado en una pelea. He discutido, ¡cómo no!, pero nunca hasta el punto de que me jugara mi cara por algo. Con esto quiero decir que, los enfrentamientos deben ser siempre dialogados y argumentados. Cuando se llega a una situación de no acuerdo, hay que retirarse a meditar y a dejar pasar el tiempo.

Nunca he sido independentista. De hecho, nunca he entendido qué es el independentismo. Siempre me ha costado entender los argumentos de los nacionalismos. Territorios marcados a fuego y con un instinto de posesión que atraviesa transversalmente cualquier dinámica de la historia. Veo cómo colocan los hitos en algún punto de la historia y como, a partir del mismo, se aseguran cosas y se niegan las otras. Entiendo la historia como una cadena infinita y que nos ha tocado vivir en un pequeño eslabón. Entender el eslabón en el que nos ha tocado vivir es una ciencia, pero lo es inexacta. Cada vez que miras atrás, ves eslabones oxidados. Los motivos del óxido son multifactoriales, y cada uno los dibuja como bien entiende y pretende. Pero la verdad, al final, y como dijo nuestro gran Josep Pla, son pedacitos de un espejo del que cada uno de nosotros tenemos un pequeño trocito. Todos creen tenerla pero nadie la posee.

El eslabón que nos ha tocado vivir, es muy complejo. Y lo es porque, como siempre, han venido unos cuantos a complicarlo. Y lo complican porque entienden los territorios como sus cortijos. Terratenientes que quieren controlar todo lo que pasa dentro de sus lindes y que hacen lo que sea para intentar hacer entender al colindante que sus privilegios están por encima del otro. Y aquí comienzan a aparecer las explicaciones sobre cómo el óxido afecto al eslabón precedente y cómo todos asignan la responsabilidad del óxido a las malas artes del contrincante. Y nunca sacamos agua clara. Cada terrateniente construye en su cortijo las estructuras necesarias para hacer comprender al ciudadano de a pie toda su argumentación sobre: la historia que nos ha traído aquí, los motivos económicos, las razones históricas, los argumentos más básicos (territoriales/sentimentales)…. Y todo con un apoyo de los Medios de Comunicación brutal (¿abusivo?). Y claro, el habitante del cortijo atiende a su terrateniente primero y comienza a «comprarle» los argumentos y, al final, se hace suyos los argumentos. A veces, muy raro, aparecen personas que pretenden (pretendemos) escuchar los que dicen los «otros».

Y la problemática, creo, y aquí ya comienza una opinión muy personal, es una cuestión de principios. De argumentos básicos. Casi instintivos. De creencias que nos hemos hecho nuestra. Que son nuestro ADN sobre la convivencia social. De aquello que nos decían sobre la Democracia. De aquello que practicas en clase para elegir delegado. De lo que haces en tu comunidad de vecinos para cambiar el color de la pintura. De la participación por mayorías. Es el arma que se nos ha querido dar para sentirnos parte de «esto». Para creer que lo que decimos, cuenta. Para obligarnos a encontrar aliados, cómplices y compañeros. Y he aquí el punto más importante, desde mi punto de vista: ¿Cómo se ha conseguido en Catalunya una masa social TAN grande que considera que debemos opinar sobre cómo queremos participar en «esto»? Un 80% de la población en Catalunya quiere participar de la decisión. Quieren elegir el color de la pintura de sus Gobiernos, quieren elegir el delegado que se chive al profesor y quieren, sobre todo, tener el derecho a creer que, lo que compramos todos los años atrás, sirve de verdad y que no es una herramienta con un botón que solo cuando los terratenientes del cortijo de al lado les apetece, nos dejan apretar. Nos han puesto la miel en los labios y ahora nos dicen que escupamos la Democracia. Que es un juguete para mayores y que no está a nuestra disposición porque lo podemos romper. AMIGO! Eso es muy difícil. Yo quiero usar aquello por lo que pago. Quiero usar ese juguete. Es que lo he pagado. Alguien me habló de multipropiedad, pero nadie me dijo que, aunque pagara más días, podía disfrutar los mismos que los que habían pagado menos. NO! Yo no quiero usarlo más que los que han pagado menos, quiero usarlo igual que todos. No menos.

Y en esta tesitura se encuentran, independistas, republicanos, progresistas, apolíticos, anarquistas, anti-sistemas, nacionalistas, «unionistas», monárquicos… Es decir, todos los habitantes de este cortijo. Y resulta que nadie quiere escucharlos. Que nos dicen que los del otro cortijo que no quieren que opinemos cómo pintar las paredes del nuestro. Ni que decidamos qué queremos plantar en nuestras tierras. Que no les interesa que tomemos decisiones.

¡QUE NO LO ENTENDÉIS! Que la gente NO quiere quedarse con las tierras. Que no quieren marcar territorios (muchos sí, es verdad). Que no queremos quitar nada a nadie. Que lo único que queremos es decidir qué queremos hacer con este cortijo que nos ha tocado y que tenemos una GRANDÍSIMA oportunidad de re-dibujar, de poder crear un sistema que permite que el eslabón no acabe oxidándose. Queremos pensar que podemos decidir y que nos dan la voz.

Y éste es el problema. En Catalunya, este cortijo en el que nos ha tocado vivir durante nuestro eslabón de la historia, queremos darle un lavado de cara. Queremos poder cambiar las reglas. Queremos una renovación en las estructuras que hasta ahora había. Queremos gente honrada que nos escuche y nos entienda. Queremos romper con lo que había hasta ahora (de cualquier color, tanto da) y construir un escenario que le vaya mejor a nuestros descendientes. Es una oportunidad tan única e ilusionante que es MUY difícil que nos convenzáis de los contrario.

¿Os imagináis poder pintar las paredes de nuestro cortijo de varios colores a la vez? Y poder decidirlo entre todos. Que gane el más ilusionante de los proyectos.

LA JUSTICIA QUE NO NOS GUSTA

El ser humano es mezquino y marrullero. Lo es por naturaleza. Somos animales con instintos muy básicos que hemos intentado domesticar para poder convivir en sociedad. Pero, ¿Lo hemos conseguido? Mayoritariamente sí, pero siguen habiendo rasgos muy antropológicos que, en algunas personas, siguen muy presentes.

Me decido a escribir esta entrada en mi blog cuando sé que mi opinión es muy controvertida. Pero este blog lo dice bien claro: «Ideas locas».

Esta entrada nace de la sentencia en el juicio que se ha decidido apodar como «La Manada». Una sentencia que, como todos sabéis, se llama «fallo» judicial. No es trivial este término. He decidido dejar pasar algo de tiempo porque, de esta forma evitamos a los talibanes de lo emocional.

He de decir que, ante todo, repruebo todo lo que se le hizo a la chica. Me parece una condena ridícula para lo que hicieron. Más aún cuando 2 de los 5 acusados se les presupone un «extra» de honradez por haber jurado la protección de la población en sus profesiones. Creo que a los acusados les ha salido barato sus despreciables e inaceptables actos. Y dan cuerda. Eso es lo peor. Porque el ser humano es sucio en sus instintos más básicos. Porque creo firmemente que hay personas que creen que necesitan violar, matar, pegar, abusar, amedrentar… Es puro instinto animal que, entre todos, no hemos sabido solventar y/o localizar a tiempo.

Pero esta entrada pretende analizar la sentencia y, más en concreto, el voto particular emitido por uno de los tres jueces en que sugiere la absolución como pena a los acusados.

He leído su argumentación. Creía que era necesario poder leer y saber sus argumentos antes de lanzarme a criticar visceralmente su decisión. Como en todo, es MUY importante saber escuchar y conocer antes de opinar. Además, es igual de importante (vital, diría) poder hacerlo desde una perspectiva de alejamiento tanto de la víctima como del/de los acusados. Y es difícil no verse involucrado y no empatizar con la víctima y su familia. Siempre piensas que te puede tocar a ti o a los tuyos. Pero ni eso te puedes permitir si quieres hacer una valoración objetiva (la objetividad es el pilar más básico de la Justicia). De aquí que lo que me gustaría explicar en esta entrada, va a crear polémica.

Permitidme explicar cómo entiendo yo la impartición de la Justicia en España. Ni soy un gran conocedor, ni pretendo parecerlo, pero dibujar el escenario me ayudará a argumentar mi posición. En España existen 3 grandes poderes: Legislativo (crea las leyes), Ejecutivo (las aprueba, consensua y las dota de instrumentos para su aplicación) y el Judicial (aplica las leyes redactadas y ejecutados por los otros 2 grandes poderes). Las leyes NUNCA as redactan los jueces. De ahí que se les supone imparcialidad. Por hacer una reducción simple, es como no preguntarle a una madre si su hijo es feo.

Decir también que redactar las leyes NO es fácil. Más bien, todo lo contrario, es MUY complicado. Más aún si retomamos la naturaleza humana de mezquindad más absoluta. Para redactar una ley de forma genérica pero que abarque un sinfín de supuestos, se ha de andar con mucho cuidado puesto que las implicaciones de cómo lo expresas, dan lugar a la picaresca y al aprovechamientos de las lagunas que son tan típicas en el ordenamiento jurídico de cualquier país. Recordemos aquella frase tan española de «Hecha la Ley, hecha la trampa».

Feo papel les cae a los jueces el hecho de interpretar la ambigüedad con la que a veces se realizan las leyes. Creo que no me gustaría estar en su posición. Para poder hacerlo con garantías creo que intentan, por todos los medios, abstraerse, como decía antes, de cualquier sensacionalismo y empatías tanto a la parte acusada como a la víctima. Y no podemos negar que, cada día más, los medios de comunicación y las redes sociales influyen mucho en este tipo de causas.

La argumentación que hace este juez con su voto particular es razonable. A mí me lo parece. No digo acertada, digo razonable. Y sustenta toda su argumentación en una base que es muy importante y que suele olvidarse con mucha facilidad: el acusado es inocente mientras que no se demuestre lo contrario. Esto quiere decir que hay que demostrar todas y cada una de las acusaciones. Si no se demuestran o se muestra conflicto en las declaraciones o ambigüedades en el argumento acusatorio, entonces, la situación no es clara. Y la claridad es básica.

Creo que lo difícil de este caso está en la diferenciación entre agresión y abuso. La acusación es de agresión sexual y la acusación ha de demostrar que fue eso, una agresión. Creo que no hay ningún género de dudas en que lo que allí ocurrió fue vejatorio, inhumano, indigno y que todos querríamos que esa gente estuviera en la cárcel 100 años. Pero no puede ser. Las leyes están para cumplirlas incluso cuando no nos gustan. Es un mantra que nos repiten con asiduidad los que mandan.

Y, ¿qué problema tiene este voto particular del juez? Sinceramente creo que ninguno. Sin conocer todas la pruebas, ni saber de leyes, ni saber todo lo que ha ocurrido en todo el proceso, parece coherente. Parece que su argumentación es consecuente con lo que pide la acusación. Ha valorado unas pruebas, cree haber entendido y ha resuelto bajo el criterio que ha creído más objetivo. Ahora bien, si las penas que han de imputar por lo que ellos creen que ha sido una abuso y no una agresión son de 9 años (esto no lo pueden elegir ellos si no que les viene impuesto por el código penal que nunca redactaron ni propusieron los jueces), pues tienen que ser 9 años.

Igual, el foco de las protestas populares no deberían ser los jueces. Ni el juez que ha emitido su voto particular. El foco deberían ser los legisladores. Los que pactan cómo se han de redactar las leyes y qué penas conllevan. El juez es un árbitro de un partido que se puede equivocar (de ahí lo de fallo) y siempre aplica las normas que le han escrito. Con mayor o con menor rigor, pero no creo que haya voluntad implícita en equivocarse. Y no soy yo quien diga que se ha equivocado, solo digo que tiene el derecho a interpretar una ley interpretable y que «empatizar» con la acusación (o con los acusados) no puede ser posible.

No me cansaré de decir que lo que le ha ocurrido a la chica es vergonzoso y que cualquiera que la conozca tendrá ganas de venganza sobre los acusados. Lo entiendo. Me pongo en su lugar y seguro que me vendrían ganas de matarlos con mis propias manos. Pero no puede ser. Hemos llegado al acuerdo de que un poder «neutro» imparta justicia por nosotros. Debemos confiar en la Justicia.

Y si no confiamos, que es completamente razonable y democrático, intentemos cambiarlo. Nos daremos cuenta que pocas herramientas tenemos y, las que tenemos, no sabemos utilizarlas.

¿ES URGENTE?

Con mis 47 añitos, tengo la fortuna de acudir bien poco al médico de cabecera. Intento cuidarme, comer bien y hacer deporte. Todo con el único fin de encontrarme bien, nunca por ahorrarle dinero a la SS. Si, además de encontrarme bien, puedo conseguir no saturar los servicios de atención primaria, mejor.

Tanto hace que no voy, que tengo que pararme a pensar cuál es el procedimiento para pedir hora. Soy consciente que podría acercarme al CAP (Centro de Atención Primaria) y pedir hora. Pero suelo recordar que la gente que atiende tras la «ventanilla» no son la alegría de la huerta y prefiero pensar en alternativas. La alternativa es solicitarlo online.

Me voy al portal, me identifico, me hace confirmar qué médico de cabecera tengo, no recuerdo su nombre y ni siquiera sé si es la de siempre, y me propone la primera hora disponible.

Esta situación se da el 17 de octubre a las 10h. La primera hora propuesta que tienen disponible es el 8 de noviembre a las 8:45 horas. ¿¡¿Cómo?!? ¿3 semanas para atenderme un atención primaria? ¿En serio?

El cabreo automático me ciega y no me deja ver un mensaje interesante y que es el origen de las ganas de escribir esta entrada. El mensaje dice «Si tiene una necesidad urgente, puede acudir a su centro y le atenderán de urgencias». No es literal, pero el mensaje era prácticamente similar.

Mi indignación crece de manera desproporcionada. ¿Cómo puede ser que un Estado deje en manos de un usuarios ignorante como yo la decisión si, por lo que quiero acudir al CAP, es urgente o no? ¿Qué capacidad tiene un ciudadano normal de discernir acerca de la gravedad o urgencia de lo que tiene?

Un ejemplo que se me ocurre. Me sale un bultito en una parte de mi cuerpo. Nada preocupante, pero está ahí y quiero que un profesional lo revise. ¿Es urgente? Diría que no. Diría que, bajo mí no instruido criterio, no es urgente. Espero las tres semanas que propone el sistema de adjudicación de fechas. Voy al médico de cabecera y me dice «Hombre! ¿Por qué ha esperado estas 3 semanas? Tenía que haber venido en seguida!» Esto es lo que generaría, ya no indignación, si no ira!

Me parece una insensatez y un problema sanitario que ni siquiera ofrezcan esta opción.

Dos cosas.

Pongan recursos para que no tengamos que esperar 3 semanas

Implanten un servicio de triaje previo y así asumirán la responsabilidad de que algo es urgente o no ustedes y no el usuarios.

He dicho.